Discurso despedida del Presidente del Senado H.S. Andrés Zaldívar en la sesión de la Cámara Alta.
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H.S. Andrés Zaldívar en la sesión de la Cámara Alta.

 

Cuando uno cierra un ciclo de su vida, pasan varias cosas por nuestra mente. Se mezclan muchos sentimientos, recuerdos, emociones, imágenes y situaciones que han marcado las páginas de ese libro que es la vida.

Se torna inevitable recordar el pasado, observar el presente e imaginar el futuro.

Es cuando aparece una serie de momentos trascendentales, de rostros emblemáticos y de palabras certeras que nos ayudaron a ser quienes somos.

Por supuesto, los primeros recuerdos son para mis padres, que me dieron la vida, me educaron y me enseñaron cuán importante es jugarse por el bien común, por la justicia, la libertad, la verdad y el respeto por la dignidad de las personas. Desde mi juventud asumí el compromiso con los valores del humanismo cristiano, con la exigencia de hacer realidad la justicia social.

Fueron testimonios fundamentales en mi vida personas como el Padre Hurtado, el Cardenal Raúl Silva Henríquez, Eduardo Frei Montalva, Bernardo Leighton, Jaime Castillo y tantos que nos convocaron a comprometernos con los cambios sociales en pos de la dignidad de las personas, de todas las personas.

Siendo muy joven, a los 27 años, asumí funciones en el servicio público como subsecretario de Hacienda y luego como Ministro de Hacienda y Economía, como también ministro del Interior en el año 2010.

Participé activamente en las transformaciones sociales en los 60; viví el quiebre de la institucionalidad de los años 70, el exilio y los horrores de la dictadura; fui honrado por los Partidos Democratacristianos del Mundo como su presidente; participé en conformar una oposición organizada a la dictadura en los 80; en la recuperación de nuestra democracia y en la política de los acuerdos en los 90; y en el salto al nuevo siglo.

En esta parte de mi vida, fui elegido por la ciudadanía en cuatro oportunidades como miembro de este Senado, por las circunscripciones de Atacama y Coquimbo, por la Región Metropolitana en dos ocasiones y por la Región del Maule.

He tenido el honor de presidir este Senado en tres oportunidades, por espacio de más de siete años. He sido presidente de comisiones, en especial de Hacienda, Economía, Constitución y Gobierno, como también de la Comisión Mixta de Presupuesto.

Debo dar gracias a mis amigas y amigos senadores actuales y del pasado por todos estos honores que inmerecidamente me han concedido.

Aquí he aprendido a valorar y practicar la democracia, a aceptar la diversidad, a respetar los diferentes pensamientos, a buscar acuerdos y no enfrentamiento, a ejercer la amistad cívica.

En mi desempeño en este Senado he encontrado una comunidad de trabajo por el logro del bien público. Soy testigo de cómo personas, de todos los signos políticos, aquí han entregado lo mejor de ellas mismas por hacer realidad sus convicciones, para lograr lo mejor para la ciudadanía que representan.

Muchas veces, más hoy en día, sus esfuerzos y sacrificios personales y familiares no son correspondidos con el juicio de la opinión pública.

Permítanme reflexionar sobre algo que sé que nos inquieta a todos.

Al observar el presente, veo que estamos en un momento complejo, en que la función pública está desprestigiada y la política se ha judicializado en extremo. La ciudadanía ha perdido la confianza en sus instituciones, y por qué negarlo, muy especialmente en sus autoridades elegidas, en las cuales ha delegado su representación, y por ende en sus parlamentarios, en este Senado.

Debemos detenernos a pensar en qué medida somos responsables de ello.

Estamos en un momento de un cambio profundo de la sociedad. La gente no quiere ver más abusos ni privilegios indebidos, como lamentablemente ha ocurrido en casos que, si bien son aislados y no representan el actuar de todos los funcionarios del Estado, dan pie a injustas generalizaciones.

La gente quiere más transparencia y participación, quiere que seamos coherentes con lo que pensamos y con lo que prometimos cuando fuimos elegidos. Quiere vernos como iguales entre ciudadanos y que jamás hagamos ostentación del poder que se nos ha otorgado.

Es decir, nos quiere ver como verdaderos servidores públicos, como lo es la inmensa mayoría de quienes hemos hecho de este camino una opción de vida, con todos los sacrificios que conlleva.

Es urgente asumir este profundo cambio de la sociedad y tener una respuesta a esta inquietud que no solo afecta a nuestro país, sino que tiene presencia casi universal. Una respuesta que haga ver a la ciudadanía que los hombres y mujeres que hemos abrazado el servicio público, lo hemos hecho pensando en aportar a la construcción de un país mejor.

La globalización, las nuevas formas de comunicarnos, la tecnología, que ha incorporado las redes sociales como actores determinantes de formación de opinión, precisan que las asumamos como una nueva realidad.

Hoy es posible la destrucción de la imagen de una persona, más aún de un actor público, con información maliciosa, de dudoso origen o con el ataque artero de alguien que, escondiéndose en el anonimato, puede llegar a desinformar a miles de personas. Esto es lo que se ha denomina hoy en día “la era de la postverdad”.

Esta facilidad para construir realidades desde un teléfono celular es algo que debe preocuparnos como sociedad.

En los próximos días se inicia un nuevo ciclo en el Senado de la República. Y hoy me toca cerrar el mío, pues no sólo dejo la presidencia de la Corporación, que ejercí durante el último año, sino que termino mis funciones como senador.

Culmino este capítulo con la conciencia tranquila y las manos limpias, después de haber entregado una vida entera a tratar de servir a mi país.

No he buscado el dinero ni el poder, sino poner mis capacidades al servicio de la construcción del país en el cual creo y al que le deseo lo mejor.

No puedo negar que a lo largo de este extenso camino he tenido muchas satisfacciones, pero también he vivido momentos amargos. Y éstos no tienen que ver con ganar o perder una elección o con ocupar o no un cargo, porque la democracia es así y todos conocemos sus reglas.

Los momentos más tristes que me ha tocado vivir son aquellos en que se me ha atacado injusta y gratuitamente como persona, dañando de paso a toda mi familia; en que se han emitido juicios y acusaciones sin el más mínimo fundamento, y no por las ideas que he representado y defendido.

Pero esos episodios -por cierto, muy dolorosos- me han servido para ver cómo tanta injusticia ha sido compensada por el apoyo solidario de mucha gente, amiga como anónima.

Aprovecho una vez más para manifestar mis agradecimientos a todos ustedes, amigas y amigos senadoras y senadores, por la solidaridad y apoyo generoso que gratuitamente me han brindado, y en especial en estos momentos difíciles, como también por la confianza y respaldo que me han entregado para presidir esta Corporación.

Quiero pedirles perdón por los errores que haya cometido. He tratado dar lo mejor de mí en el desempeño de mis funciones, los he sentido a ustedes como amigas y amigos trabajando en comunidad por el bien de nuestro país.

Quiero agradecer sinceramente a todos y cada uno de los funcionarios de este Senado, con quienes por tantos años hemos convivido en esta Corporación, por el apoyo generoso que me han dado.

Doy las gracias al equipo que me acompañó este año en la presidencia; a los colaboradores que durante años estuvieron conmigo en el trabajo regional; a los dirigentes y camaradas de mi partido; a la gente de mi querida Región del Maule, a la cual espero haber representado dignamente.

Pero, sobre todo, agradezco a mi familia, que siempre ha estado conmigo y ha sido fundamental de mi vida.

A Inés, mi compañera durante más de 60 años, mi soporte y complemento esencial en cada paso y cada decisión importante.

A mis hijas, nietos, bisnieto y familiares, que me han permitido dar y recibir amor del verdadero, ese que permanece y se fortalece con el tiempo.

Sin Inés y sin ellos, estoy seguro que no habría sido posible entregarme al servicio público con todo lo que ello ha significado.

Soy un convencido que la familia vive siempre, porque en ella perduran los valores más importantes del ser humano.

Estimados amigas y amigos senadoras y senadores:

Nicanor Parra, gran poeta y ser humano, al pensar sobre su próximo paso por esta vida, sentenció “Voy y vuelvo”. Parafraseando su sentencia, hoy afirmo que sí, me voy del Senado, pero vuelvo con preocupación por la vida pública, como un ciudadano más.

Volveré, en esa calidad, para hacer realidad esos sueños que me convocaron desde muy joven por construir una Patria digna y justa para todos. Volveré para, humildemente, ayudar a recuperar el prestigio de la política y de quienes se entregan a esa función tan noble. Volveré, porque nadie puede excusarse de colaborar para que nuestras instituciones republicanas recuperen su prestigio y la confianza que se merecen.

Me voy del Senado al que tanto debo y quiero, y pido a Dios me dé aliento y vida, para seguir colaborando con mi Patria a la que tanto amo.

Muchas gracias

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