

Dr. Jorge Carrasco Cerda
Co-Nobel de la Paz 2007
Universidad de Magallanes
Entre el 10 y 21 de noviembre de 2025, en la ciudad de Belén en Brasil, los líderes mundiales se reunieron durante la COP30, en medio de un creciente reconocimiento de que limitar el calentamiento global a 1,5°C por encima de los niveles preindustriales ya no era alcanzable bajo las trayectorias de política vigentes. El umbral de 1,5°C había sido fundamentado en las evaluaciones sintetizadas por el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), que identificó riesgos sustancialmente mayores de impactos irreversibles y de alta magnitud más allá de ese nivel de calentamiento. Sin embargo, las emisiones acumuladas de gases de efecto invernadero no han disminuido al ritmo ni a la escala necesarios, y evaluaciones recientes de Naciones Unidas indican que sobrepasar el umbral de 1,5°C es probable en la próxima década.
Bajo vigentes contribuciones determinadas a nivel nacional (NDCs, acrónimo en inglés), las reducciones proyectadas de emisiones hacia 2035 se estimaban en aproximadamente 12%, cifra considerablemente inferior a la requerida para trayectorias compatibles con 1,5°C. Los escenarios del AR6 indicaban que limitar el calentamiento a 1,5°C, con ningún o limitado sobrepaso del umbral, habría requerido reducciones rápidas, profundas y sostenidas en todos los sectores, incluyendo disminuciones globales cercanas al 43% hacia 2030 respecto a los niveles de 2019. En ausencia de tales reducciones, las proyecciones sugerían que la temperatura media global de la superficie podría alcanzar aproximadamente 2,5°C hacia fines de siglo bajo los compromisos actuales.
El AR6 concluyó además que los riesgos climáticos aumentan de manera no lineal con cada incremento adicional de calentamiento. Con aproximadamente 1,3°C de calentamiento observado, los peligros climáticos, incluyendo olas de calor extremas, precipitaciones intensas y eventos compuestos; ya se habían intensificado en diversas regiones. Superar 1,5°C se asociaba con una mayor probabilidad de cambios a gran escala, abruptos y potencialmente irreversibles en componentes del sistema terrestre, tales como las capas de hielo, la circulación oceánica, el permafrost y los principales ecosistemas. Estos llamados “elementos de inflexión” (tipping points, en inglés) no necesariamente implican cambios instantáneos, sino que representan umbrales más allá de los cuales los procesos de retroalimentación pueden comprometer al sistema hacia transformaciones de largo plazo en escalas decenales a centenarias.

Un punto de inflexión climático se define como un umbral crítico en un sistema ambiental que, una vez superado, desplaza al sistema hacia un estado cualitativamente distinto. Estas transiciones suelen estar impulsadas por procesos de retroalimentación positiva y pueden ser irreversibles en escalas temporales humanas. A medida que aumenta el calentamiento, el AR6 evaluó que también aumenta la probabilidad de cambios abruptos e irreversibles.
Entre los principales elementos de inflexión actualmente en riesgo se encuentran las capas de hielo de Groenlandia y la Antártica Occidental, que ya están perdiendo masa. Un calentamiento sostenido entre aproximadamente 2–3°C incrementa la probabilidad de desestabilización. Una vez iniciado un colapso a gran escala, este puede continuar durante siglos, comprometiendo al planeta a varios metros de aumento del nivel del mar. En la cuenca amazónica, la combinación de deforestación y calentamiento climático reduce la precipitación regional y debilita la resiliencia del bosque. Más allá de un umbral crítico, extensas áreas podrían no regenerarse, transformando un importante sumidero de carbono en una fuente neta, amplificando el calentamiento global. La Circulación Meridional de Retorno del Atlántico (AMOC), componente clave de la redistribución global de calor, podría debilitarse debido al aporte de agua dulce derivado del deshielo, lo que reduce la formación de aguas profundas en el Atlántico Norte. Un debilitamiento significativo alteraría patrones climáticos y regímenes de precipitación regionales. El deshielo del permafrost constituye otro riesgo de retroalimentación, dado que la liberación de metano y dióxido de carbono desde suelos previamente congelados amplifica el calentamiento. Asimismo, los arrecifes de coral de aguas cálidas podrían estar acercándose, si es que no ya han superado, los umbrales críticos, debido a que las olas de calor marinas repetidas reducen su capacidad de recuperación y amenazan con el colapso del ecosistema.
Las consecuencias humanas de cruzar tales puntos de inflexión serían profundas y de largo plazo. La desestabilización de las capas de hielo comprometería a las regiones costeras a un aumento progresivo del nivel del mar, incrementando el desplazamiento poblacional y la pérdida de infraestructura. Las alteraciones en los patrones de precipitación y la degradación de ecosistemas intensificarían la inseguridad alimentaria e hídrica, especialmente en regiones vulnerables. Los sistemas económicos enfrentarían mayor inestabilidad debido a daños físicos crecientes y disrupciones en las cadenas de suministro. Los riesgos para la salud pública, incluyendo estrés térmico, contaminación atmosférica y enfermedades transmitidas por vectores, aumentarían. Además, estos impactos se distribuirían de manera desigual, afectando desproporcionadamente a comunidades de bajos ingresos y altamente vulnerables al clima, exacerbando desigualdades y tensiones geopolíticas.
Evitar el cruce de puntos de inflexión depende fundamentalmente de limitar el calentamiento máximo mediante reducciones rápidas y sostenidas de las emisiones de gases de efecto invernadero. El AR6 enfatizó que tanto la magnitud como la duración de cualquier sobrepaso de temperatura influyen fuertemente en los impactos de largo plazo. Las trayectorias que minimizan el riesgo de puntos de inflexión requieren reducciones inmediatas y profundas de emisiones, mitigación acelerada del metano y alcanzar emisiones netas cero de CO₂ hacia mediados de siglo. Proteger y restaurar sumideros naturales de carbono fortalece la resiliencia del sistema terrestre, mientras que acelerar dinámicas positivas de transición en energías renovables, electrificación y tecnologías bajas en carbono puede acortar los plazos de mitigación. Integrar el riesgo de puntos de inflexión en la gobernanza y en la política climática es, por tanto, central para reducir la probabilidad de una transformación irreversible del sistema terrestre.
Para Chile, los puntos de inflexión climáticos se interceptan con vulnerabilidades estructurales del territorio. La eventual desestabilización de las capas de hielo de Groenlandia y la Antártica Occidental compromete aumentos del nivel del mar a largo plazo, afectando ciudades costeras como Valparaíso, Talcahuano, Puerto Montt y Punta Arenas. Incluso incrementos moderados intensifican marejadas, inundaciones y erosión, presionando infraestructura y ecosistemas marinos.
Asimismo, un debilitamiento de la AMOC y cambios en la circulación oceánica podrían alterar los patrones de precipitación en el hemisferio sur. En un país ya impactado por megasequía, esto aumentaría la variabilidad hídrica y afectaría seguridad del agua, energía hidroeléctrica y agricultura. En la zona austral, el retroceso glaciar transforma la disponibilidad hídrica y eleva riesgos geomorfológicos. En conjunto, estos procesos amplifican desigualdades territoriales y exigen integrar riesgos sistémicos en la planificación nacional.
